viernes, 14 de abril de 2017

Carmencita Calavera 

Punk Rock & Surf granadino 


Tras la jornada montañera del miércoles, perfecta y reveladora, la entrada que tocaba publicar hoy ha de esperar. La principal revelación del día debía ser la ascensión a un pico nuevo para mí. Pero otra revelación, totalmente compatible, se ha interpuesto en el orden de precedencia.

Montados en el coche, mi amigo Antonio Puertas pide al tercer montañero y conductor que le ponga La Banda del Pantano, con ese sonido que inmediatamente recuerda a la sintonía de Jack Marshall para la teleserie The Munsters (1964-66), que yo ví en La bola de cristal (RTVE) bastantes años después. Sin interrupción, seguimos escuchando Jack, Virus, Calavera –melodiosa y profunda, como si hubiese salido de un western fronterizo mítico– Mari Lin, Granada Surf y Moderna de Pueblo.

Moderna de Pueblo (single). Carmencita Calavera, 2017

El conductor-Diyei no quiere cansarnos, dice, y yo supongo que bromea por algún motivo que desconozco. Desde que descubrí el Animal Magnetism de The Imposters (2011), nada había vuelto a percutirme los tímpanos con tanto descaro como el de este álbum todavía humeante. Luego comentan cómo ha cambiado el diseño de la cubierta para la edición definitiva…

Naturalmente, tengo que preguntarles si Carmencita es amiga suya. Y ellos se ríen. Resulta que Carmencita Calavera es mucho más que una amiga. Ignacio García Medina es, por lo menos, el bajista de La Banda del Pantano. Momentos después suenan Superwoman Rockstar, Gilmore’ 77 y Conductor de LaRober asiéndome por la vena troglodita.

Pero, amigos míos, ahí no queda la cosa. Carmencita y su banda se atreven hasta con la copla y la Piquer. La guinda alternativa de este pedazo de ópera prima es su versión de Tatuaje: directa, respetuosa y cantada con una potencia y una sensualidad sobresalientes. El punk rock & surf ibérico-granaíno de Carmencita Calavera y La Banda del Pantano me ha embrujado, no puedo negarlo a estas alturas. Escuchadlo conmigo y sabréis por qué.


Cartel del Primer Bull Music Festival.
Granada, 3 de junio de 2017

domingo, 2 de abril de 2017

Nadie vive en Pradomira (4/4) 


La burla

Les mandé una carta y a las pocas semanas recibí otra de Tele 5 con su ese y todo.

Con el membrete.

Con eso. La familia no quería que fuera pero allí que me fui. Desde aquí a Yeste. De Yeste a Hellín y luego a Albacete. En Albacete voy a coger el autobús y pregunto en la estación: ¿Cuál es el que sale para Madrid? ¡Ese que va por ahí! Corra, que no lo pilla. Salgo corriendo y ¡pum! Me eché abajo la ceja con una puerta de esas de cristales. Si es que no se ven. Me querían llevar al hospital. Yo dije que no. Me curaron y me monté en el siguiente autobús. A Madrid llegué ya tarde. Me apeé en Atocha. ¡Diablo! ¡Qué grande es aquello! No se crean que me daba miedo. Yo no había salido de la sierra pero llevaba mi dinero en el calcetín y preguntando yo sabía que tenía que encontrar Tele 5. Vi a una pareja de la policía y me acerqué. ¿Y quieren saber lo que me contestaron? Oiga usted, nosotros no estamos aquí para dar indicaciones. El policía, con esas palabras. Pues bueno. Me fui a los taxis y le dije a uno que me llevara a Tele 5. Me dejó en la misma puerta. Conque entro y allí en la puerta me preguntan que adónde voy. Al 50X15, les digo yo. Entonces van y me piden la carta. Tiene que haber recibido una carta nuestra. Aquí está la carta. Yo vi que comentaban algo entre ellos. Luego se metió uno para dentro con la carta y al salir me preguntó que si estaba seguro. Yo contesté que allí tenían la carta. Me respondieron que la carta no la habían mandado ellos, pero que iban a llamar al programa por si había alguna equivocación. Eso hicieron. Y no había equivocación. Empecé a cavilar y dije: ¡Tate! Los del camping me la han jugado. Anda que fueron para enviarme aviso siquiera cinco minutos antes de coger el autobús en Yeste. Ni media. Por eso no quiero yo que se enteren de más de una cosa. El caso es que, ya que estaba en Tele 5, no me iba a ir de allí sin concursar. Me dicen ¿Usted ha venido preparado? Los del programa son muy exigentes para seleccionar a los concursantes. Cuando puedo me informo de las cosas que pasan, les dije. Vamos a ver, señor, espere. El que viene a Tele 5 no se va de vacío. Volvieron a llamar al programa y parece ser que tenían a todos los concursantes del día, pero para el público podía pasar. Iba más arreglado que ahora. Llevaba un pantalón como este limpio y una chaqueta. Y me metieron. ¡Qué cosa más agradable y qué bien hecho que está! Se ve allí mejor que por la tele.

Entonces ha estado en el programa de verdad.

Nosotros hemos estado en Canal + y en Tele 5.

Yo jamás he ido a la televisión.

Pues es bonico de ir.

O sea, que al final casi consiguió lo que quería y lo pasó bien.

Que si lo pasé bien. Luego, aquella noche fue la más bonica de mi vida. Verán lo que pasó. Cuando terminó el programa, todo el mundo se montó en los autobuses y se fue. Yo, ni era hora de que me volviera ni tenía pensión donde parar. Me acordé de que me habían anotado una dirección y me fui a una parada de taxis. Me monto en el primero y el taxista me dice que no me lleva  a esa dirección. El segundo lo mismo. Me monto en otro y dice que me lleva, pero cuando le digo que los dos de antes no me habían querido llevar éste dice que entonces él tampoco. ¿Me van a dejar entre todos aquí, con este frío (era invierno) y sin sitio donde parar? Venga, lo llevo a un local que conozco. Decía que las pensiones estaban hasta los topes. Me llevó a una discoteca, a un club de esos grandes en los que hay que empezar a pagar antes de entrar. Me cobraban dos mil pesetas. Sin haber visto nada. Le pedí al portero que me dejara pasar y si me gustaba lo de dentro me quedaría y subiría a pagar. Conque bajé unas escaleras larguísimas. Abajo había un salón como yo no había visto otro igual. No había mucha gente, pero en la barra y en la pista de baile había unas mozas bailando. Me quedé. Subí a la puerta y le dije al portero que me perdonara las dos mil pesetas, que abajo haría unas consumiciones. Y me dejó volver. Allí me quedé toda la noche con una consumición que me costó mil quinientas. Estuve bien a gusto. No hice nada. Hablé con tres mujeres muy alegres y miré a las que bailaban. Yo no había visto a una mujer antes, así que aquello fue como ver el paraíso. Ya le digo, la noche más bonica de mi vida. Hasta las nueve me quedé. A media mañana me monté en el autobús y me vine para Yeste.


La despedida

El sol estaba demasiado alto, pero había que reanudar la marcha. Francisco, tenemos que irnos.

Tienen por delante un buen paseo. Yo les acompañaría a la Sima pero esta pierna no anda bien y tengo que prepararme antes de merendar.

No comprendimos bien aquello de prepararse para merendar. Nosotros hemos consumido aquí el tiempo del almuerzo y de la merienda. Ha sido un placer conocerlo.

Igualmente. Y les agradezco mucho lo de las cartas. Me da un poco de vergüenza. Arriba tengo dinero, pero nada suelto. ¿Cuánto cuesta un sobre y un sello?

Menos de treinta céntimos, dije sin la certeza de que Francisco dominase el manejo de la nueva moneda. No piense en eso. No tiene que darnos nada.

¿Pero sabe lo que son los euros? Oí detrás de mí.

¿Los euros? ¡Claro, mujer!

Nada. La carta para Rosana, en limpio y en buen papel, estará en el correo lo que tarde en estar revelada la foto que le he hecho para ella.

¿Eso cuánto tiempo es?

Mañana nos vamos, de modo que dentro de tres días. Le enviaré otra copia a usted. Ya verá qué bien sale la vaguada con el Calar del Mundo al fondo.

¿Todo eso ha salido en la foto?

Y bien bonito.

¡Cucha! Parece mentira.

Ya lo verá.

El sendero pasa por el cortijo. Vengan y tómense un vaso de vino.

No se le había olvidado la invitación. Con este calor y con lo que nos espera será mejor que no bebamos vino.

Un trago aunque sea.

Muchas gracias. Nos hemos repuesto con el agua.

Llegando al cortijo insistió: tómese un vaso usted por lo menos.

Estando familiarizado con ese mostazo prehistórico que elaboran y consumen en los barrancos más recónditos de las sierras del Segura y de Alcaraz, la voluntad se me resistía. La cortesía, en cambio, aconsejaba aceptar. Beberé sólo unos sorbos. Me sienta mal el vino antes de caminar. Esperé en vano algún signo de empatía en las caras de mis compañeros de marcha. Quise creer que estaban tan contentos por librarse del agasajo que no querían ni mirar.

Francisco subió por una escalera exterior de obra bastante regular hasta su cuarto. Lo seguí. Fernando, Antonio y Pipo subieron detrás. El cuarto era un habitáculo negro, cuadrado y minúsculo si se lo comparaba con el resto de la construcción. No tenía más que un ventanuco estrecho, una mesa con un plato y un vaso sucios, unas pilas de latas de conserva, una garrafa de unas tres arrobas en el suelo debajo de la mesa y, en un rincón, un hogar hosco con las ascuas extinguidas y las cenizas responsables del tizne de las paredes en ausencia de la chimenea.

Mi huésped cogió el vaso de plástico de la mesa, vació el culo, lo enjuagó y de la garrafa llenó los siete dedos del vaso. Beba.

Gracias, amigo.

Aquí paso las horas cuando no estoy en los pastos. No es mucho pero voy tirando.

Mis compañeros no encontraban calificativos y yo estaba atragantado. No pude dar más de tres sorbos. Solté el vaso decidido a reanudar la marcha. Cuando pase por aquí otra vez, me detendré a saludarlo; para el otoño seguramente. Cuídese esa pierna y no se preocupe por la carta. A ver si tenemos suerte con Rosana.

No sé yo. Ojalá.

Salimos del cuarto. ¿Ven el sendero? Va por encima del arroyo. Por ahí.

Adiós, Francisco. Hasta el otoño.

Vayan con Dios.


El propietario

Hacia las seis de la tarde ya habíamos pasado calor más que suficiente para desear con vehemencia un buen chapuzón en el río. Acabábamos de descender por la Cañada del Negro y entrábamos en el tramo de pista que recorre la cavea natural de los Palancares. Buscábamos el sendero, más nuevo que el mapa, que nos conduciría desde el final de este tramo a La Moheda, paso obligado camino del Vado de Tús. Por detrás de nosotros se empezó a oír un motor renqueante. Al mirar atrás vimos que venía envuelto en una polvareda.

¡Coche! Nos gritamos de atrás adelante de la fila.

Con curiosidad idéntica a la de los peladores nos miraron los dos hombres montados en otro Land Rover de la misma época. Cuando vimos que iba cargado de piñas secas hasta el techo, entonces les pagamos la curiosidad.

Buenas tardes. Tenemos entendido que enfrente de la Peña de la Cabeza sale un sendero que baja a La Moheda. ¿Está ahí?

¿Adónde van?

Al Vado.

Al Vado vamos nosotros. Por aquí van bien.

Sí, pero nosotros queremos dejar la pista cuanto antes y acortar.

Lo que tienen que hacer entonces es coger el sendero. Ahí delante lo tienen.

Eso es lo que queríamos saber. Tiene que ser muy nuevo. No viene en el mapa.

Hombre, nuevo nuevo no es. Hará ya unos años que lo abrieron. ¿De dónde vienen?

Esta mañana salimos del Vado. Hemos subido al calar por los Voladores y Pradomira.

Se han dado una buena caminata.

Por eso queremos acortar.

¿Y han estado en el Pradomira?

Sí. Hemos estado descansando allí y hemos conocido al pastor que vive en la casa.

En el Pradomira no vive nadie.

Pues hemos estado hablando y almorzando con él más de dos horas. ¿No lo conoce?

El terreno y el cortijo son míos, sí. Pero allí no vive nadie. ¿Quiere alguno que lo llevemos? Sólo uno.

A mí me duele la espalda, saltó Pipo como con resorte.

Venga, pues arriba. Éste cena hoy antes que vosotros. Adiós.

Pipo montó. Mientras el todo-terreno se alejaba a trompicones por la pista, sacó la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos dedicó una pedorreta muda.


Fin de la historia.



Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima. Albacete.
Foto de Antonio Puertas.

Nadie vive en Pradomira (3/4) 

Mensaje en una cajita de muesli

Usted también aprieta la letra bien. Empiece el otro cartón ya.

Pierda cuidado, Francisco, que lo entenderé todo perfectamente.

No, si no digo yo que no, pero... ¿Y dónde escribe ahora? ¿Ahí también?

Es que esto habíamos olvidado incluirlo en el encabezamiento. Pero ahora hago aquí una llamada para saber que está detrás y al pasarlo a limpio lo escribo en orden.

Si usted dice que se acuerda, yo conforme.

¿Cómo seguimos ahora? ¿Qué quiere decirle a Rosana?

Estaba claro que quería verla otra vez: a ser posible en el Pradomira, insistía; la carta recibida hacía tres días lo había enardecido. A todas las demás preguntas sobre el contenido, Francisco se encogía de hombros y respondía: No sé. Yo me hago un lío. Usted verá. Lo que le ponga estará bien. Así que entre todos compusimos el armazón con las ideas fundamentales en un novedoso ejercicio de composición al estilo de los ensayados para la PAU. Experimentamos cierta euforia al prestarle la elocuencia a Francisco.


¿Le parece?

Que sí, que sí. ¡Ah! Hay que decirle también que yo vivo en La Moheda, pero que nunca estoy allí.

Entonces usted donde vive es aquí, en Pradomira.

No. Dígale que estoy aquí en el Pradomira pero que vivo en La Moheda, que es donde está mi casa.

Como quiera.

El problema es que, como le dije, tengo chalé pero no está en condiciones para que se queden allí. Tendrían que venir para el día. Se lo dice, ¿sí?

Naturalmente.

¿A cuánto estaremos de La Moheda?

¿Me lo pregunta usted a mí?

Sí, sí. ¿A cuánto estaremos de La Moheda?

No sé exactamente. A más de seis kilómetros, seguro. Espere. Lo comprobé en el mapa midiendo aproximadamente la distancia por el sendero: estaremos a seis kilómetros y medio.

Sí, sí que estaremos, por el sendero. Aunque ellos tendrían que venir por la pista.

Así serían unos ocho o nueve kilómetros en total. Pero en coche no son nada.

Sabe leer el mapa, comentó admirado.

Bueno, me defiendo.

Entonces, dígales que me avisen con tiempo. No estaría bien que me pusiese a matar un animal con ellos aquí.

Es lo mejor. Podría resultarles desagradable. ¿Y para cuándo?

Pues para ya. Cuanto antes.

A esto me permití añadir unas líneas sobre la soledad del pastor y su gozo por tener algo de compañía de vez en cuando, lo que explicaba a la vez la redacción de la carta. Él me animaba: no tenga reparo. Dígale que le escribo con la ayuda de unos turistas que han pasado por aquí y que me han leído la carta suya.

Sugerí interesarnos igualmente por su pueblo, sus ocupaciones y sus aficiones. Halagamos su genio alegre y cerramos la misiva con una declaración de intenciones en toda regla. Sin renunciar a la utopía, traté de ser realista con respecto a las posibilidades de éxito y apelé a la sensibilidad demostrada por la mujer que no sabía dejar de contestar una carta. Tratando de tocarle el alma concluimos.


Hasta tan pronto como desees. Recibe, entretanto, este cálido saludo de Francisco.

Sima. Calar de la Sima.
Parque Natural de los Calares. Albacete.


Tenemos que irnos

No podíamos creer que hubiesen pasado dos horas. ¿Nos vamos a ir ya? Preguntó Ángela, que despegaba los labios por primera vez desde la parada, quizá maravillada con la semblanza que se había esbozado ante ella.

Sí. Vamos a esperar a Francisco para despedirnos.

A unos cincuenta metros David, Miguel Ángel y Pipo volvían del manantial, tremendamente alborotados, con las cantimploras rellenas y rociadas de gotas cristalinas. A Francisco todavía lo entretendría un rato rellenar los dos bidones de cinco litros.

Este hombre dice que ha ido a Tele 5. Nos ha contado una aventura para morirse de la risa. ¿Ya nos vamos?

En cuanto vuelva Francisco.

Os va a contar la historia. No creo que igual que a nosotros pero la va a contar. Me apuesto lo que sea.

El anticipo sonaba exagerado. Tal vez era el descanso prolongado lo que hacía desvariar a los chicos. También hacía que no pensasen en reservar más comida, sabiendo que la ascensión había quedado atrás y que tocaba ceñirse las mochilas. No vayáis a echar esos bocadillos a los perros. Dádselos a Francisco. Tengo la impresión de que los aceptaría.

¡Vaya! ¿Qué habrá pensado antes?

Buena pregunta.

Al cabo de diez minutos Francisco traía parte de su tesoro arrendado. Beban de aquí. Está fresca.

Gracias, hemos bebido de más. ¿Le gusta el chocolate?

¿El chocolate? ¿No me va a gustar?

Tenga. Estas barritas son las que había en la caja. Son energéticas. Dan fuerza cuando uno está débil.

¡Qué va! Son de ustedes.

Por favor, cójalas. Eran para la subida y nadie se las ha comido.

Si insisten. Gracias.

¿Y estos dos bocadillos, los quiere?

Eso sí que no. Aún tenéis camino por delante.

Yo no voy a comerme el mío.

¿Cómo va a ser eso?

Que son de jamón con tomate.

¡Qué bueno el jamón! Luego os acordaréis de ellos.

Tenga, en serio.

¡Que no!

Los dejamos aquí.

Tráelos. ¡Qué muchachas! Muchas gracias. Ahora yo les convido a vino. Se detuvo delante de mí. ¿Cómo se llama?

Carlos.

¡Anda! Como Carlos, ese del 50X15.

¿Carlos Sobera? Tuve que sonreír. Sí, como ese pero sin Sobera.

Y es profesor, ¿no?

Sí. ¿Le gustaba el programa?

Yo he ido al programa, a concursar.

¿Que ha concursado en el 50X15?

Allí he ido yo aunque sólo sea un pastor.

Calle. Ya quisiera saber la cuarta parte de lo que usted sabe del monte. ¿De verdad que fue a concursar?

Que sí, que he ido a Tele 5. Pero no he concursado porque me engañaron. ¿Para qué les voy a decir otra cosa? Pipo podría haber ganado una apuesta.


Parque Natural de los Calares
del Mundo y de la Sima. Albacete.


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Nadie vive en Pradomira (2/4) 

Lectura y dátiles

Mire, ya tenemos cuartillas.

¿Cabrá ahí la contestación? Dijo al tiempo que dejaba dos bidones de plástico y un saco en el suelo.

Apretaré la letra y cabrá. Cuando la pase a limpio tendrá otro aspecto.

Esté atento, para contestar después.

Por cierto, ¿cómo se llama?

Me llamo Francisco.

Perfecto, Francisco. Estoy listo.

Siéntese y coja el bolígrafo, me lo tendía con insistencia. No supo decir que no se fiaba del lápiz. No me hice de rogar y cogí el bolígrafo. Un BIC de cuatro tintas que en su día fue el no va más, allá por mi época de colegial.

Venga, que si esto acaba en casamiento serán los primeros invitados.

El clamor unánime aseguraba que gustosamente atenderíamos a la invitación.

Francisco, risueño como el que más, se recostó en la hierba acodado en el brazo derecho mirando al monte. El grupo enfrente. Sus perros, a los que nadie hacía caso, se repartieron entre nosotros e hicieron lo propio con los ojillos muy cerrados, satisfechos por el almuerzo de ese día. Fernando y yo cruzamos miradas divertidas. Los chicos se incorporaron de su modorra desde el primero hasta el último. Yo seguía en pie desbastando los filos de las cuartillas improvisadas.

Siéntese.

Encarna, lees tú, ¿vale? Encarna inició la lectura en tanto que yo me recostaba al lado de Francisco compartiendo la postura y los dátiles.

La de Rosana no era la carta de una persona vulgar, pero comenzaba con un tópico que obligaba a soltar una gran risotada. Francisco celebró la ramplonería tanto como la hilaridad del grupo, aunque habían quedado anticipadas de una manera eficiente cuáles podían ser las aspiraciones amorosas del destinatario. La carta continuaba en tono sensible, cariñoso y desapasionado. Alababa el natural de Francisco y se permitía aconsejarle separar bien la amistad del sexo.

¡Oye! ¿Qué ha dicho ahí?

Amistad y sexo.

A Francisco se le dibujó una sonrisa de picardía y de confusión. Reconocía el segundo sustantivo; sin embargo era muy posible que nunca hubiese salido de sus labios ni de los labios de nadie con quien él hubiese tratado. Seso, se dijo casi para sí como tratando de articular aquel vocablo por vez primera y desde luego sin arriesgarse con la equis.

¿Y qué más dice?

Encarna continuó leyendo el amplísimo catálogo de ocupaciones, verdaderas o inventadas, de Rosana. Francisco no se perdía ni una coma. Para ahí. ¿Qué es eso que ha dicho: una oenegé?

Los bachilleres gozaron de lo lindo explicando el mundo a un señor que no vivía ni fuera ni dentro sino un tanto apartado de él. Aprovechando estas explicaciones en que podía relajar su atención algo más, volvía a los dátiles con mayor dedicación.

Están buenos. ¿De dónde se sacan?

Esto crece en las palmeras.

¿En las palmeras? ¿Pero las palmeras no son esos árboles tan altos que dan plátanos?

Sí, esos mismos. Pero hay palmeras que dan dátiles.

¿Y cómo alcanzan a los dátiles?

La curiosidad de Francisco era tan sincera que uno no podía soslayar ninguna pregunta. Creo que con unas cuerdas sujetas a las manos y a los tobillos, trepan por las palmeras abrazándose al tronco. Y desde arriba lanzan los racimos abajo. Veamos. Los de este paquete, por ejemplo, vienen de Túnez.

Detuvo en el aire uno que estaba a punto de introducirse a la boca. ¿Del África los traen? Preguntó asintiendo al mismo tiempo con la cabeza por la exquisita importación. E igual que las anteriores y las posteriores, la degustación del dátil se completó a bocaditos delicados que parecían destinados a desmenuzar el sabor exótico hasta que sólo quedara el hueso entre el índice y el pulgar. Cuando su atención retornó a Encarna, empujé la bandejita para dejársela toda a él.


Los peladores

En un pasaje prolijo propio de un consultorio sentimental, Rosana le hablaba de ser sincero sin excederse, por pura precaución, y de tener iniciativa.

¿Eso qué es?

¿Iniciativa? Determinación para hacer algo y hacerlo antes que nadie. Los bachilleres no lo hacían mal como preceptores.

Y la sinceridad, yo no sé por qué la menciona. Aparte del ganado, yo le dije que tenía algo de tierra y un chalé en La Moheda, y es verdad. El chalé no está terminado porque no tengo tiempo de dedicarme. Pero no sé, ¿qué les parece hasta ahora la muchacha?

Parece buena.

Se ve que lo aprecia, por los consejos.

¡Ah, sí! Somos muy amigos.

Trabajadora es un rato y sabe hacer de todo. Esa sí que le haría el apaño aquí arriba. El presidente no ha dado con ella todavía o ya la habría hecho ministra de trabajo.

¡Hala, Pipo!

¿Verdad que sí? Reía con gusto Francisco. De pronto se interrumpió y nos pidió silencio con un gesto de los dedos y la cabeza ladeada. El dueño de esto. Bajó por aquí esta mañana y ya vuelve, dijo dirigiéndoseme en tono confidencial. No veíamos a nadie. Se trataba de un ruido retirado aún y guardamos silencio. Es que esto no es mío. Yo se lo tengo alquilado a su dueño. Le pago un dinero por estar aquí con los animales. Y volvía la cabeza en la dirección por la que se aproximaba el ruido de un motor.

Al fin apareció en el Camino de los Voladores, por el lado izquierdo de la vaguada, un viejo Land Rover blanco. Subía costosamente y a sacudidas, tratando de sortear los baches y las rodadas más profundas de la pista.

Son los peladores. ¿No han visto los troncos que hay en el prado?

Sí. Han talado bastante.

Estos han estado dos días sin venir.

Al acercarse vimos las cuatro caras curiosas de los peladores preguntándose qué sería aquel encuentro bucólico. En el ángulo de la curva más cercano el único que hizo un movimiento escueto para saludar fue el conductor, al que Francisco respondió con una casi involuntaria flexión de la muñeca del brazo libre. Nosotros también participamos en el saludo. Giramos los cuellos y los cuerpos hasta que el vehículo enfiló a la casa y tomó la curva para Las Ericas.

Entonces pasará luego.

¿Quién?

El dueño.


Concluye la carta

A Rosana sólo le restaban dos puntos últimos. Uno: que había otro amigo en situación más favorable para alcanzar su corazón, por lo que le aconsejaba ponerse a la cola o buscar a una pastorcilla mejor dispuesta. El otro: una particular receta para un noviazgo feliz, con la que desorientó a su pretendiente de sierra adentro.

Con eso de la cola no sé muy bien lo que ha querido decir.

Que tiene que esperar su turno, como cuando va a la tienda y hay gente, explicó Encarna con gesto de disgusto por lo que leía y lo que había de leer.

Francisco amagó una sonrisa que se tornó en mohín al expulsar el aire contenido por la nariz inclinando la cabeza hacia atrás. Conque tiene otro amigo.

Parece.

Y dice que me busque a una pastorcilla. Tiene gracia, ¿verdad?

Como discrepábamos, proseguimos. A ver, Encarna. Sigue leyendo.

Ya acaba. La receta amorosa, honesta a decir verdad, nos molestó pero contribuyó a superar el pasaje precedente con nuevos comentarios. Los gramos, kilos y toneladas de respeto, comprensión, tolerancia, amistad, ilusión, sinceridad, paciencia, determinación, amor y romanticismo recomendados habían sido medidos tan bien que no dejaban lugar a dudas. Sin embargo los reutilizaríamos para la carta de respuesta, aunque sirviesen para lo mismo que la llamita de un fósforo en mitad de la noche.

Cuídate, Francisco. Hasta la vista. Un beso. Rosana.

Y bien. ¿Qué les parece la muchacha?

Pues que está tan ocupada que necesita unas vacaciones. Hay que invitarla a que venga a visitarlo. Isabel habló con toda convicción y Mireille la apoyó.

Eso es lo que yo pensaba.

Yo iría a Ayna a verla y le daría una sorpresa, salió José.

¡Menuda sorpresa! Estimó el coro.

Yo no puedo moverme de aquí. Tengo que estar con el ganado. La semana que pasé en el hospital se me murieron once animales. Sólo salgo de aquí cuando la cosa se pone demasiado fea, como cuando cae una nevada fuerte. Entonces encierro el ganado, cojo los esquís y bajo al valle. Por un instante olvidamos la cuestión cuando se nos cruzó la imagen de Francisco deslizándose vaguada abajo sobre unos esquís.

Que sí. Que ahí tengo unos esquís que me he hecho yo.

Tiene que venir ella, con el hijo. Apuntó Antonio tras superar no sé cómo un ataque de risa más breve que bien disimulado.

Eso es, el hijo. Por ahí hay que entrar.

¿Ustedes creen?

Claro que sí. El hijo y los padres. Tiene que interesarse por ellos. Ya tenemos el principio para nuestra carta.

Muy bien. Luego nos ocuparemos del amigo ese.


Continúa en la siguiente entrada: Nadie vive en Pradomira (3/4)

jueves, 30 de marzo de 2017

Nadie vive en Pradomira (1/4) 

Pradomira es una vaguada orientada hacia el noreste por la que se accede, desde Collado Tornero, al Calar de la Sima. El Camino de los Voladores, que deja el río Tús varios cientos de metros engastado en el Estrecho del Diablo, se adentra en ella para refrescar a los caminantes que sigan su ruta, bordeando el puntal hasta el suroeste, en dirección a la Cañada del Avellano. Desde aquí el camino continúa por una serie de barrancos sucesivos que llevan a la otra vertiente del calar, donde el río Segura ha recorrido ya unos siete kilómetros acaudalado sobradamente con las aguas del Zumeta.

Siendo últimos de junio, los helechos y la hierba fresca que encontramos al encarar la vaguada parecían una recompensa después de haber dejado atrás la sequedad de una ladera sureste. Los muchachos con mejores piernas se habían adelantado, impacientes por encontrar el manantial prometido, así que supusimos que los ladridos distantes que oíamos desde que comenzamos a caminar paralelos al arroyo serían parte del protocolo por la llegada de los excursionistas. Al ver a nuestra avanzadilla bajo la sombra enorme de un gran pino solitario hacia el rincón del prado, donde el terreno empezaba a inclinarse un poco más, el resto avivó el paso. Yo preferí buscar el manantial. La vegetación y la tala de algunos pinos me habían hecho pasar de largo.

Entre hierba alta y juncos brotaba un hilo fino, suficiente, adentro del abrevadero. El sol se acercaba al cenit. Hora de refrescarse y disfrutar del paraje. Pacientemente, complacido con el chorrillo espacioso, rellené los tres litros de mis dos botellas. Bebí tranquilamente. Me reuní con el grupo y les obsequié con un poco de aquel frescor. Entonces empezó el almuerzo.


La casa de Pradomira

Desde el pino veíamos deleitados la alfombra de hierba húmeda resbalar vaguada abajo hasta un punto en el que la fronda de ambas laderas trepaba por una uve suave. Más allá, al otro lado del estrecho del río, se elevaba el Puntal de la Escaleruela: de no haber cambiado de planes deberíamos haber pasado justo por debajo camino de la Laguna de Siles. Y más arriba sólo el lienzo monocromo del cielo.

Nuestro campo estaba ubicado en la parte interior de una curva muy cerrada de la pista por la que habíamos llegado. A menos de cien metros a nuestra izquierda ésta desaparecía de la vista curvándose para ascender a Las Ericas. Pero antes de eso enfilaba a una casa levantada en una zona clara de bosque a unos diez metros por encima del arroyo. A ninguno le pasó inadvertida. Quién viviría en ella.

La casa no tendría ni luz ni agua corriente. Sin embargo era una casa grande, rectangular y enlucida. Fuera tenía dos cercados toscos y a unos pasos por detrás el bosque de nuevo. Y desde luego había perros guardándola aunque no se vieran.

Mirad. Ha salido un hombre de la casa, exclamaron dos muchachos a la vez.


El hombre del transistor

Un hombre bajaba de la casa. Tres perrillos de pelaje color canela lo precedían. No eran unos ejemplares amenazadores. Parecían más preocupados por seguir el paso del amo que por los extraños tumbados en el pastizal. El hombre caminaba de esa manera pausada y firme del que sabe que no necesita apresurarse para llegar a un sitio. El cuerpo, ni recio ni enjuto, se cimbreaba asegurándose un apoyo estable a cada paso por el abajadero. Curiosamente, la figura me recordó el hilillo de agua del manantial que con toda su levedad mantenía rebosante el abrevadero del prado.

Viene aquí. Nos va a azuzar los perros y veréis qué rápido bajamos. No le gustan los intrusos. Viene a cobrarnos la sombra. No, va al manantial. Ese se cargó bien anoche y ahora... Sí, viene aquí. Cada cual tuvo que fantasear.

A pocos metros el hombre representaba casi una docena de lustros. Apacible y gentil en los ademanes, a pesar de la suciedad de su ropa de trabajo, se dejó saludar primero.

Buenas tardes, dije resumiendo los saludos de mis compañeros.

Mejor buenos días. Todavía hay día, me contestó. Su respuesta era natural. Él no tenía otro reloj que el sol y estaba en las once. Los perrillos dieron unas vueltas olisqueando a los visitantes y se tumbaron dentro de la sombra sin rozarnos.

En la mano izquierda sostenía un transistor encendido a un volumen casi imperceptible para los que habíamos estado intercambiando bromas chillonas. ¿Adónde van por aquí?

Queremos subir al calar y dejarnos caer a la sima. Sólo para que estos jóvenes la conozcan. Se nos ha echado la peor hora encima y estamos descansando aquí.

Pues muy bien. ¿Y de dónde vienen si puede saberse?

A decir verdad cada uno venía de un lugar. Titubeamos un poco y terminamos por decir que veníamos de un instituto de Hellín y que estábamos celebrando el fin de curso haciendo algo de ejercicio. ¡Sí, desde luego que sí! Se oyó por detrás la protesta.

No, si lo que yo les pregunto es que de dónde han salido esta mañana. ¿Del Vado?

Sí, estamos en el camping.

Ah, pues muy bien, hombre. ¿Y cuándo vuelven?

Mañana. Pasaremos el día en el río y nos volveremos a casa.

No, yo digo hoy. Al camping.

Ah, no sé. Esta tarde, calculo que cerca de las siete.

El hombre del transistor chasqueó la lengua. Entonces ya va a ser muy tarde.

¿Que va a ser tarde?

Sí. Es que tengo ahí cuatro perdigones y se me van a morir si no vienen a por ellos.

Si quiere, podemos darle el recado a quien usted nos diga.

No, pero ya tan tarde se me habrán muerto. ¿No llevan ustedes teléfono?

Casi todos llevamos. Pero, aquí arriba, lo más seguro es que no sirvan.

Si pudiéramos llamar para que vengan a por los perdigones. Pero tiene que ser ahora, y sacó un pedacito de papel del bolsillo de la camisa. Yo no sé si cuando vuelva a la casa no se habrá muerto ya alguno. Me los encargó uno de Hellín. ¿Me han dicho que venían de Hellín? Entonces conocerán al del bar El Tolmo.

Sí.

Pues para ése son. Pero como no venga en un par de horas, se me mueren.

¿Ve? Desde aquí no se puede hablar. No tenemos cobertura.

Qué lástima. Se van a morir. ¿Qué le vamos a hacer?

Si aguantaran, llamaríamos esta tarde al llegar al Vado.

Sí, pero no van a aguantar. El hombre se calló, apenado verdaderamente. Su expresión me conmovió tanto que me prometí no olvidar aquel rostro. Aquella tez curtida, perfectamente afeitada donde correspondía, ni excesivamente arrugada ni ennegrecida en absoluto. En contraste, el pelo blanco y arremolinado en el flequillo. El gesto amable. La boca con sus dientes trabajados por el tiempo y la lejanía sanitaria. Y los ojos, de iris claros como el cielo sobre nácar. La mirada, la de un hombre transparente. No habría hecho falta la promesa.

El pastor del Pradomira

Medio cabrito

El hombre apagó el transistor e interrumpió el almuerzo por segunda vez. ¡Oigan! ¿Se llevarían ustedes medio cabrito? Porque les gustará el cabrito, ¿no?

Creo que todo el grupo dejó de masticar lo que tuviera en la boca. ¿Medio cabrito?

Sí. Lo mato y se lo preparo para cuando pasen de vuelta. ¿Se lo llevarían? Yo puedo comerme medio, pero qué hago con el otro medio sin nevera ahí arriba.

Probada la ineficacia de los móviles, los de tercera generación también, en plena sierra; deseaba poderle servir en algo al hombre. ¿Pero qué íbamos a hacer con medio cabrito a cuestas por el monte y con aquella temperatura?

No se preocupen por eso. Se lo envuelvo bien dentro de un saco y se lo llevan para la cena de esta noche. En el camping se lo pueden asar. ¿O qué? ¿No les gusta el cabrito? No teníamos más argumentos que el de la caminata que aún nos quedaba por delante y, exagerando un poco, el que algunos ya no pudieran tirar ni de su ración de agua. ¿Entonces qué? ¿Lo mato? Por salir del atolladero, empecé a preguntar a los jóvenes confiando en que fueran ellos los que dijeran que no. Así fue exactamente aunque por gestos. Ninguno quería decir que no.

Bueno, ustedes se lo pierden. Ahora que si hubieran querido, a mí no me habría costado ningún trabajo matar el cabrito. Yo me apaño bien para comerme medio. Pero el otro medio se me estropearía y sería lástima. No se hable más. ¿Saben a cuánto está la carne?

¿La de cabrito dice usted? La verdad, no.

¿Puede ser que esté a ochocientas?

Ni idea.

¿A mil quizá?

Sí, puede ser que a mil pesetas sí esté, por lo menos en el mercado de Hellín, nos salvaba mi colega Fernando.

A mil. Entonces, como la mitad del cabrito tendrá un poco más de cinco kilos, yo se lo dejo en cinco mil y ya tienen cena. Totalmente desarmados eludíamos responder. Ya, ya, que no les gusta. Eso tiene el estar aquí arriba. Si no me doliera esta pierna, tocándose la izquierda. El otro día me dio un topetazo un animal y me hizo daño aquí. Menos mal que vino uno de La Moheda a verme y llamó a la ambulancia. Me golpeó por aquí. Ya estoy mejor, pero me duele todavía. Así que no quieren cabrito. Pues bueno, hombre.


Rosana

Habíamos terminado los bocadillos y empezábamos a dar cuenta de la fruta. Después pasamos a las galletas. Yo saqué un paquete de dátiles que ofrecí a la compañía. ¿Quiere usted dátiles?

¿Esto?

Sí, coja.

Bueno hombre, gracias.

¿Le podemos echar pan a los perros? Preguntó una joven.

No les echéis tanto. No porque no se lo coman. Es que os vais a quedar sin nada y aún os queda camino.

Si ya no podemos más. Estos bocadillos tenían demasiado pan.

Échales entonces, que no van a dejar nada. Voy a coger otro.

Claro que sí, hombre. Coja los que quiera. Le acerqué el paquete de los dátiles.

Agotadas sólo sus dos primeras cuestiones, nuestro amigo quería charla. Por nuestra parte, teníamos todo el tiempo para escuchar la siguiente ocurrencia.

¡Qué mozas más agradables vienen!

Son guapas, ¿eh? Espoleaba Pipo.

Sí son guapas, sí. Y jóvenes.

Pues nada, si le gusta alguna, se la dejamos aquí y que le ayude con el ganado y lo demás.

¡Vete por ahí, Pipo!

Tú, ¿no querías ser pastora?

¡Cállate ya!

Yo me hablo con una muchacha. Se llama Rosana. Es enfermera. La conocí en el hospital de Hellín. Hicimos muy buenas migas. Hablamos mucho allí y se portó muy bien conmigo. Lo que pasa es que ella es de Ayna. Vive con los padres y tiene un hijo de seis años. El otro día me mandó una carta. La tengo arriba. ¿Querrían leérmela? Le centelleó la mirada.

Afectando una curiosidad escasa le contesté: si a usted no le importa que nos enteremos de sus asuntos.

¿Qué me va a importar? Yo entiendo algo, poca cosa. La letra está muy apretada y no me aclaro. Además, como ustedes son turistas y no me conocen ni yo los conozco, no me da vergüenza. Con la gente de la aldea es otra cosa. Se reirían de mí y no quiero yo que se enteren. Uno de vosotros, ¿me la leéis?

Vamos, sí.

¿Quién la lee?

Mientras, voy a buscarla. Ah, si leyendo oyesen alguna cosa que no fuera conveniente... Yo confío en ustedes. No me gustaría que se enterasen en los alrededores y en el camping menos todavía.

No se preocupe que nadie se enterará.


Tocado. Este hombre lograba conmoverme con poco esfuerzo. Estaría muy bien, pero en qué vamos a escribir. Yo tengo lápiz pero no tengo papel.

¿Le valdría un saco de piedras de sal?

Creo que no. Un momento, tenemos barritas energéticas. Puede que nos apañemos con el cartón de las cajas.

Entonces sólo falta la carta. De modo que hombre y perros regresaron por donde habían venido hasta la casa.



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